Diario de Avisos - 14 de Octubre de 2007
Juan Hernández Bravo de Laguna El pasado jueves se cumplieron setenta y cinco años de la fundación del Instituto de Estudios Canarios. Se cumplieron con una modesta celebración, entre la indiferencia de nuestros gobernantes y el atronador silencio de la mayoría de los medios de comunicación. Y no digamos de la ciudadanía. Una institución cuyo nombre lo dice todo y que, desde su sede lagunera, desarrolla su labor y extiende su ámbito de actuación al servicio de la cultura canaria a todo el Archipiélago, no despierta demasiado interés entre los dirigentes políticos canarios. Un convenio con el Ayuntamiento de La Laguna, con el horizonte de una sede digna, alguna tímida ayuda de otras instituciones y poco más. Porque en este país -y no sólo en Canarias- los políticos apoyan la cultura y la investigación en la medida en que pueden manipularlas y ponerlas al servicio de sus intereses. Y esa triste verdad alcanza límites inauditos en el caso de cierto nacionalismo y de ciertos políticos nacionalistas, cuya razón de ser estriba en la mitificación del pasado y la instrumentalización del presente.
En demasiadas ocasiones la pregunta que los responsables culturales canarios se han hecho respecto al Instituto de Estudios Canarios no ha sido "¿cómo puedo ayudarlo?", sino "¿para qué me sirve?". Y los sucesivos directivos del Instituto lo han constatado en su deambular por antesalas y despachos, entre desaires, negativas y promesas incumplidas. Porque no hay nada que asuste más a un político que un grupo de gente decidida a pensar -y a divulgar lo que piensa- lejos de los pesebres y sin ataduras políticas.
A pesar de todo, en estos setenta y cinco años el Instituto ha desarrollado su labor de estudio e investigación al servicio de la identidad y la cultura canarias. Y, desde luego, los frutos de esa labor han sido muy superiores a los medios con los que ha podido contar en cada momento. Ha sido, además, una labor fundamentada en el convencimiento de que el estudio de nuestra realidad actual únicamente adquiere su pleno sentido a la luz de nuestro pasado, y de que la construcción del futuro requiere, a su vez, el imprescindible conocimiento del pasado y del presente. En resumen, de que un pueblo que no conoce su pasado y su presente -su identidad- está condenado a no tener futuro.
Ahora bien, si penetramos en el terreno de las identidades nos hallaremos pisando arenas movedizas. Porque las identidades no sólo son diacrónicamente cambiantes, sino, sobre todo, problemáticas. En ellas aparecen mezclados, a veces en proporciones elevadas, componentes simbólicos, emocionales e, incluso, intuitivos. Y en algunas ocasiones existe el peligro de no buscar la identidad a través del conocimiento, sino, por el contrario, de intentar elaborar un pasado y un presente adaptado a la idea previa de identidad que asumimos, fruto de la creencia mítica en la que estamos asentados. Es lo que los movimientos y las fuerzas políticas nacionalistas denominan la "construcción de la identidad" y la "construcción nacional". Palmario reconocimiento de que sus naciones inventadas no tienen identidad y han de construirla. Aunque hay que reconocer que los nacionalistas no son los únicos enemigos de la historia y de la tradición auténtica, y que pueden ser todavía peores los tradicionalistas de falsas tradiciones y los conservadores ignorantes, sin la menor idea de lo que hay que conservar.
A un observador foráneo le podría resultar obvio que Canarias tiene una identidad nítida y bien delimitada, con sólidos fundamentos de base territorial e histórica. No obstante, se ha señalado repetidamente que Canarias no parece poseer unas señas de identidad tan indiscutibles y que definir qué pueda ser la canariedad, o el ser canario, es una pregunta que no está del todo contestada. En particular, tenemos la fundada impresión de que ha constituido -y constituye- un problema para determinados sectores nacionalistas. Eso ha llevado a algunos por el camino de un indigenismo imposible y sin salida, siempre dispuesto a trascender la mera Antropología física y siempre peligrosamente cerca del racismo y de la xenofobia.
La búsqueda a cualquier precio de unas señas de identidad de raíz indígena, por ejemplo, llevó a bochornosos episodios en relación con la llamada piedra Zanata. Por otra parte, el tema de las denominadas pirámides de Güímar refleja la influencia de esta perspectiva. Es incomprensible que alguien pueda considerar poco representativo para nuestra identidad el que esas agrupaciones pétreas sean consecuencia de la labor de nuestros campesinos y, por el contrario, en nombre de esa identidad, insista en interpretaciones indigenistas sin apoyatura científica, mezcladas con discutibles teorías difusionistas.
En definitiva, la problematicidad inherente al ser canario nos ha conducido a sufrir un complejo de carencia de señas identificativas autóctonas, porque inexplicablemente tendemos a identificar lo autóctono con lo aborigen y a distinguir lo autóctono de lo tradicional. Es como si nos consideráramos colonizadores de nuestra propia tierra, tuviésemos un complejo de culpa por ello y sólo legitimáramos nuestra presencia aquí en cuanto fuéramos capaces de demostrar que somos descendientes de los aborígenes o aborígenes aculturizados.
Y si las identidades son problemáticas, lo son más sus defensas. En un mundo globalizado de identidades que se entrecruzan y se influyen mutuamente, ¿qué significa exactamente defender la identidad canaria? ¿Quiere decir luchar para petrificarla en el tiempo y en el espacio? ¿Y qué identidad canaria hay que defender? ¿El costumbrismo rural de cartón piedra al uso, romerías de Coros y Danzas incluidas? Desde luego, las preguntas se suceden en este apartado, porque para algunos la identidad canaria es una película de Cine de barrio, en la que los canarios vamos todo el día disfrazados de magos, cantando -mal- isas y folías, y con un diccionario de canarismos bajo el brazo. El color local, del que decía Borges era la prueba concluyente de lo no genuino.
La solución a tantos interrogantes es probable que se encuentre en la línea de la reflexión sobre nuestra problemática específica en cuanto pueblo diferenciado, o sea, en la cuestión de nuestra personalidad social, cultural y política. Es un lugar común destacar su dimensión universalista y hasta cosmopolita. Pero aún más que por el universalismo, creemos que lo canario se caracteriza por el sincretismo que funde en una síntesis autóctona original el conjunto de elementos foráneos que arriban a su territorio.
Sin embargo, es evidente que los isleños no hemos asumido del todo las claves explicativas de nuestra identidad y nuestra cultura, y que las abordamos debatiéndonos en múltiples complejos y prejuicios. Para eliminar y resolver unos y otros es imprescindible una institución como el Instituto de Estudios Canarios. Pero también es imprescindible que nuestros políticos y gobernantes desistan de sus manipulaciones, dirigismos y controles espurios, y se decidan algún día a apoyar de verdad la cultura y la investigación en Canarias.